La vida es lo que sucede mientras tú estás ocupado haciendo otros planes. Creo que la cita es de John Lennon, la traigo aquí al evocar la novela «Casilla vacía» (Alianza), de Santiago Mazarrasa. La ciudad de Santander está muy presente en ella, por cierto, aunque haya más escenarios.
El Cantábrico y su clima creo que le dan ese toque sutil a la hora de ir encajando las piezas. Porque Casilla vacía es una suerte de novela de voces, de personajes en un tablero. Se van moviendo a partir de que en los primeros compases uno de ellos se irá. Dejará un hueco en la partida. El grupo de amigos tratará de seguir adelante, reparando o mitigando la ausencia de la mejor manera posible. Hay una prosa rica, delicada, lírica; una estructura narrativa en contrapunto que se aleja de la livianeza de otras lecturas de disipación.
Hay una narración, pero también un grito silencioso para mostrarnos la fragilidad de las personas, incluso cuando nos apegamos a las costumbres, a la monotonía o quizás justamente por ello. En Casilla vacía hallamos incertidumbre y azar, supervivencia y sinsentido vital. Quizá retrata a una generación que busca respuestas, nadando en un mar de fondo con problemas como el de la vivienda, el trabajo precario, las drogas, la amenaza de los conflictos geopolíticos o la despersonalización del individuo. La vida sucede, es un juego con una reglas que nos enseñan a cumplir, desde pequeños, pero que de vez en cuando alguien se salta y se crea un vacío, un horror vacui con el vértigo y la nausea más sartriana.
Novela para lectores sin prejuicios, alejados de las lecturas de aeropuerto o de salas de espera de hospital, porque deja tinta en las manos y un regusto a mar en la boca, al Cantábrico, al terminar de leerla. Pobre gato, por cierto.
