Hace unas semanas traje a La Gonzo, la reseña de la novela El Tunche (Vencejo), de Miguel Gayo. En esta ocasión, me llena de alegría compartir la breve pero intensa entrevista que el autor me concedió acerca de su novela. Confío en que os guste.
P.: Me llama poderosamente la atención que en una novela ambientada, mayoritariamente, en Sevilla, asome una leyenda local andina: la del demonio selvático de El Tunche. ¿Cómo llegó esta historia a Ud.?
R.: La trama principal se ambienta en Sevilla (aunque nunca se mencione su nombre; solo aparece una vez en la Nota del autor). El hilo conductor, como una columna vertebral imaginaria, parte de un hecho real, muy luctuoso, que ocurrió en el parque de María Luisa: el destino aciago de una joven que acudió a suicidarse al parque y que, tras consumir una buena dosis de barbitúricos y quedar adormecida, tuvo el infortunio de que la encontrase un criminal. Este individuo aprovecha el estado de laxitud de la muchacha y la viola de una manera tan salvaje que la mujer termina por desangrarse. Según los forenses, de no mediar tal violación, los barbitúricos no hubiesen por sí solos acabado con su vida. A partir de ahí, la novela se desarrolla en la ficción de unos personajes que nada tienen que ver con esa tragedia: la historia de dos amigos que amaron a la misma mujer. El Tunche, como metáfora del mal, ronda sus vidas y teje una intriga donde se pone a prueba esa amistad.
La utilización de ese mito andino, en realidad una leyenda sobre un ser malvado que habita en la espesura de la selva, se asienta en uno de los personajes centrales de la novela, una emigrante peruana procedente de las yungas andinas y que trae como herencia interna un gran conocimiento sobre las historias, las plantas y los ritos chamánicos de su cultura.
Personalmente he visitado la cordillera andina, a la vez que desde siempre me ha interesado el relato mítico en general. Empecé por las leyendas y los mitos más próximos a mi cultura, la occidental mediterránea, y luego avancé con las de otras latitudes. En esa búsqueda di con esta leyenda del Tunche.
P.: Mientras leía uno de los pasajes, uno sobre el papel del historiador, he pensado en si hay cierto paralelismo con el narrador de historias, con el novelista. Me refiero a: «el historiador debe ubicarse en la posición de interpretador (…), no narra la historia, la interpreta».
R.: Dos de los personajes principales de la novela son historiadores; precisamente en la universidad conocen a la mujer de la que ambos terminan por enamorarse, Sofía, una estudiante de Historia al igual que ellos. El papel de esta carrera está muy presente a lo largo de la novela; también el de los historiadores. En algunas ocasiones, estos dos personajes divagan, discuten y se relacionan utilizando su disciplina como vehículo de amistad. Personalmente, este asunto de la Historia, como ciencia humanística, y la función que deben cumplir los historiadores y los procedimientos que utilizan para narrar el hecho histórico, son temas que me interesan y de los que trato de instruirme, con la modestia del caso.
«El historiador no narra la historia, la interpreta», proclama con vehemencia un personaje. Así lo creo. Y al igual que el historiador, el novelista interpreta la realidad del mundo exterior, que tamiza con sus propios contenidos mentales y su propia biografía. Algo extensible al resto de los seres humanos en cualquiera de sus manifestaciones. Quizá esa sea nuestra esencia más profunda, una especie de destino ineludible, como diría Ortega y Gasset.
Mi particular visión sobre el asesinato y la violación de esa joven en el Parque de María Luisa, y la ficción de los personajes que traman la novela, son eso, particulares e íntimas de mi ser; como escritor interpreto lo que sucedió realmente e incluso lo que no ocurrió y es propio de mi inventiva como narrador. La ficción escrita es una interpretación del relato que el escritor pretende transmitir al lector.
P.: En estos tiempos de felicidad líquida y dopamina digital por los dispositivos electrónicos, no quiero dejar escapar la oportunidad de preguntarle por esta frase extraída de su novela: «La felicidad extrema te conecta contigo mismo, bloquea la empatía y te aleja de los demás. Igual que el sufrimiento extremo».
R.: Esto hay que trasladarlo a la experiencia personal y comprobar si es así. Cuando a uno le invade una felicidad extrema o un sufrimiento extremo, su Yo se agranda al máximo. Por supuesto que la felicidad siempre es mejor que el sufrimiento, aunque sea extrema. El personaje que comenta la frase sigue: «Solo con mesura se puede captar al prójimo; solo la mediocridad convertiría a su hija en mejor persona». Aquí se utiliza un lenguaje literario, pero la reflexión es clara: hay que ceder un poco del Yo de uno para poder sentir al otro; un poco de espacio propio para que el otro se haga presente. Por supuesto, sin olvidarse de uno mismo. Por eso se habla de mesura.
Esto se ve muy claramente en el comportamiento de los fanáticos religiosos, políticos o de cualquier índole: la conexión intensa y extrema con su mito les impide sentir plenamente a lo que existe entre ellos y su mito, esto es, otros seres humanos. Al desaparecer la conexión con los demás, solo queda aniquilar su envoltorio externo. El fanático, antes de violentar a alguien ya lo violentó en su interior al no ser capaz de sentirlo, de percibirlo como ser.
Así que tu reflexión sobre la felicidad líquida y la dopamina digital de los dispositivos electrónicos creo que va por ahí. ¿Nos están anestesiando el mal uso de las nuevas tecnologías? ¿Esta felicidad de medio pelo que nos procuran nos aleja de los demás? ¿Se están bloqueando los resortes para sentir al otro? Todo esto merece discusión y hay que analizarlo bien; veremos cómo se desarrollan los acontecimientos.
El Tunche. Miguel Gayo. Vencejo ediciones.
Podéis leer la reseña del libro El Tunche aquí.
