Inquietante, sin duda, la lectura de El prisionero de la planta 15 (HarperCollins), de Salvador Perpiñá. Hay un protagonista central Víctor Cano, que vive en un apartamento del Edificio España de Madrid. Son los convulsos años ’60, donde la noche y cierto submundo de la urbe aun acoje bandas organizadas y gente poderosa en la sombra. Y donde dije «vive» fui generoso. Cano es un superviviente por partida doble. Excombatiente de la División Azul, no está cómodo fuera de su apartamento, de su refugio. Pero un antiguo amor le pedirá que busque a una joven leyenda de la alta sociedad madrileña en ese laberinto de apariencias, engaños, favores e hipocresía.
Hasta aquí, más o menos, es parte del argumento, sin desvelar en exceso qué sucederá después. La lectura nos sumerge en una suerte de juego de espejos, de paralelismo entre la busquéda de la verdad fuera del protagonista, para hallar a la joven; pero también interior. Cuanto creía conocer de sí mismo, al ir escarbando en ese submundo, se tambaleará planteándose esa eterna pregunta de quiénes somos. Un viaje al Madrid de los años sesenta, con el franquismo y las secuelas de la Guerra Civil aún palpitante y un viaje más profundo al pozo del pasado de Cano. Y aunque todos los viajes tienen un inicio, algunos tienen más de un final.
El prisionero de la planta 15 es un thriller protagonizado por un antihéroe, morfinómano y solitario, muy humano y fácil de leer gracias al talento de Perpiñá de entretejer capítulos cortos, casi como pensamientos disruptivos en un flujo de conciencia. Se nota que Perpiñá, como decía, ha trabajado como guionista de series televisivas. Domina la prosa de las escenas, los encuadres y la narración en contrapunto. Leer El prisionero de la planta 15 es viajar al pasado, descender para subir de nuevo a la superficie al terminar las últimas páginas. Como se le atribuye al escritor alemán J. W. Goethe en su lecho de muerte: Luz, más luz.
El prisionero de la planta 15. Salvador Perpiñá. HarperCollins Ibérica.
