El último verano pasé unas semanas en un pueblo minúsculo del Pirineo catalán; Àger.

Poquísimos habitantes, viejos muy viejos subiendo cuestas que me hacían resoplar. Aire limpio y alto, olía a tomillo todo el tiempo. Las calles del pueblo llevaban además un matiz a tierra marrón, y un regusto a guiso de cocido del que sólo saben hacer las mujeres que ya son abuelas. Ningún hombre será jamás capaz de igualar esa maravilla, o al menos yo no consigo que ni se pase ni que se quede duro. En las tiendas me hablaban en catalán, y vencí mis prejuicios a las pocas horas de pisar el pueblo. Gente encantadora, gente de la que sólo hay en pueblos tan pequeños. Los chavales nos saludaban – bona nit – por las noches, cuando íbamos tambaleante y decididos tras el bar de vuelta a las tiendas de campaña, y ellos estaban en un bordillo bebiendo tinto con casera y fumando hierba.

Pues bien, cuando terminé de:  ver por primera vez el suculento y absoluto bocata del nuevo disco de vàlius, “Escola”, cuando acabé este vídeo, y cuando le pegué una sacudida al citado álbum, primero me sentí como cuando de niño, al caer de la bicicleta, y ensangrentado, me quedaba sentado en el suelo, intentando ordenar pensamientos y resolver qué ha pasado. Luego, cuando me percaté, estaba de nuevo en Àger.* Iba a la tienda de ultramarinos a comprar un espetec durísimo que no recuerdo como se llamaba, y un queso algo fuerte, que serviría para producir energía nuclear a un ritmo bastante más vivo que la fusión fría. Bebía cerveza “Daura Damm” y  respiraba todo ese aire alto, y comía el cocido al que Montserrat me invitó a almorzar un caluroso mediodía de agosto en el que me sentí como cuando perdí la virginidad. De acalorado, quiero decir.

Y dejando de lado tanta evocación y centrándonos en el grupo per se, vàlius (piden que se escriba con minúscula) son dos. Como me encantan los grupos de dos personas. Ahora seguramente diga que son una mezcla abierta de Simón & Garfunkel, los Black Keys y She & Him. Gerard Segura, que canta y guitarrea, y Pol Serrahima, que ataca a la batería con furia. En una ocasión, Pol me recordó furiosamente a Meg White, de The Write Stripes cuando aún tocaba con el bueno zumbado de Jack, y parecía que iba a hacerle un niño a la batería. Pol es más discreto, pero vaya. Pero vaya.

Tocan gritando. Bebieron de punk noventero, pero lo han domesticado un poco, está manso pero con la espalda arqueada. Quieren decir cosas, a veces que son sólo como eso de “el fútbol es el fútbol” o a veces algo más elaboradas. Son un haiku punk, que llega por la sencillez natural. Les oí decir que llegaban a considerar pedante el acto de sentarse a escribir letras, para estructuras rítmicas tan básicas, que nada insulsas, como las suyas. Así que bueno. Además, Gerard es maestro de escuela, -título del disco-, y siempre me da la impresión de que los chillidos que da llevan incrustado un fuerte componente pedagógico. Quizás quiera enseñar a los chavales a decir un poco la verdad, muy de vez en cuando, pero a hacerlo. Propiciar el brillito solitario de una verdad que es un grito premeditado.

Y finalmente, para colmo de los colmos, mis impresiones campestres y castizas àgerianas no fueron en balde, ya que deberían mirar el look y la puesta en escena de estos dos mozos. Nacieron entre el bar con más solera de Cataluña, y la escuela donde Machado veía a las moscas chocar contra los cristales.

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*Confío en que citas de este municipio no lleven a conflicto, disgusto o similar. Mis nociones de geografía y diferencias entre regiones o pueblos de la zona catalana son escasas, casi nulas. Así, mi intención no es más que animar a la escucha y disfrute de esta genial banda.

Por Guillermo Sierra Catalán

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El último verano pasé unas semanas en un pueblo minúsculo del Pirineo catalán; Àger. Poquísimos habitantes, viejos muy viejos subiendo cuestas que me hacían resoplar. Aire limpio y alto, olía a tomillo todo el tiempo. Las calles del pueblo llevaban además un matiz a tierra marrón, y un regusto a...