Se apagan las luces del fondo, se ilumina el estrado y aparece frente a nosotros Miguel Ángel Guisado. ¿Quién es y qué quiere contarnos? Miguel Ángel Guisado es ingeniero superior industrial y diplomado en Alta Dirección de Empresas, con anterioridad desempeñó cargos directivos en la política y en la empresa pública y privada. También es asesor de Comunicación Directiva en Habilor, empresa que fundó para formar y asesorar a profesionales en sus presentaciones e intervenciones públicas. Asimismo, es conferenciante y profesor visitante de habilidades de presentación y comunicación directiva en varias escuelas de negocios. Solo que hoy hay dos sillas bajo los focos, pues me concede una entrevista en la que le pregunto por su libro ‘Presento, luego existo’ (Planeta). Por cierto, me ha pedido que le tutee y así lo hago. Gracias.

Una presentación es un acto de comunicación viva, nos dices en tu libro, destinado a cambiar una parte del mundo. Más allá de lo alentador y grandilocuente, coméntanos la importancia de una buena presentación como acto comunicativo en sí, ya en el medio laboral ya fuera de este.

   Un poco grandilocuente sí que suena, la verdad… aunque esa “parte del mundo” sea muy pequeña (un departamento, una empresa, un proyecto…). Más que comentarte en general acerca de la importancia de una buena presentación, me voy a ir a dos casos concretos, uno de los cuales está contado en el libro: el caso de un profesional de empresa que había propuesto en dos ocasiones un cierto proyecto para conseguir su aprobación y no lo había conseguido; cuando tuvo una tercera oportunidad, lo que hizo fue cambiar la presentación del mismo proyecto (exactamente el mismo) y, en esta ocasión, fue aprobado sin rechistar. El otro caso es el de un gerente de empresa que redujo la duración de las tediosas reuniones del consejo de administración de 4 horas hasta unos 45 minutos, sin perder en calidad de información. Hay que experimentarlo para creerlo. Eso, sin contar la enorme satisfacción personal del que realiza la presentación…

Uno de los apartados interesantes sobre los que incides en el libro es el de la velocidad del habla. La media está en torno a 150-200 palabras por minuto. Caray. Aunque como decía Aristóteles: “en el término medio está la virtud”. Tan desaconsejado es pasarse como no llegar, todo y que solemos asociar el que alguien hable rápido con una personalidad segura y convincente. ¿Nos lo comentas?

   Hay investigadores que han dedicado mucho tiempo a esto, cierto, y a ellos debemos esta información. Yo voy al aspecto más terrenal, el de nuestras simples percepciones. No hay reglas fijas. Si alguien es -o quiere parecer- seguro y habla rápido por o para ello, pues que lo haga. Pero si me va a hablar de temas complejos, prefiero que frene un poco, que no me aturda. Sí que prefiero huir de las poses, eso sí. No por mucho correr hablando, convencerás más. Y ya está más que pasado y caduco el concepto del ejecutivo agresivo. Cada tema, cada público, requerirá un determinado abanico de velocidades. Es responsabilidad del orador encontrar cuál es la adecuada.

Llegamos a ese punto de tu libro en el que por múltiples razones, una de las grandes reglas es la de que ‘menos es más’; simplificar. Háblanos de la paradoja de que incluso tender a hacer simples las cosas es bastante complejo.

    Quizás es porque yo soy simple y aprecio las cosas simples y valoro a aquellos que consiguen explicar materias complejas de manera amigable. Recuerdo una frase que decía “si no eres capaz de explicar algo con sencillez, es que tú tampoco lo entiendes muy bien”. La percepción de sencillez también sirve para desbaratar los planes de personas de ego hipertrofiado, que tienden a avasallar a los demás con sus prolijos conocimientos, sin importarles cuánto llegan a entender de sus vastos conocimientos (me ha quedado un tanto redicho, por cierto…). La simplicidad está poco valorada o mal entendida en el mundo de las empresas y los negocios. Simplificar bien es tremendamente difícil y solo es capaz de hacerlo quien sabe mucho de eso y es capaz de ponerse en los zapatos de la gente que no sabe tanto, o de volver a enfundarse las calzas que llevaba cuando aún no era un experto. Vuelvo una y otra vez a la cita de la carta de Pascal…

No me resisto a preguntarte por el ingrediente del sentido del humor. En ‘Presento, luego existo’ está muy presente. Desde recomendarnos ver la película Pretty Woman antes de empezar a leer el libro, o apuntarnos a clases de mimo, a esa imagen de un director comercial saltando como un borreguillo, pasando por beber mucha agua (buena para la voz) viendo My fair lady o El discurso del rey. ¡Qué grande es el cine! Y qué útil. Te escuchamos.

   El humor me ha acompañado toda mi vida, ¡y espero que siga haciéndolo! Es el remedio y la vacuna contra situaciones adversas o comprometidas de toda índole, es como un bálsamo real de supervivencia y casi hasta una filosofía de vida. Me gusta el cine, tan solo eso, no soy ni experto ni crítico. Y de muchas películas podemos sacar también pequeñas moralejas. Es como cuando presenciamos una presentación: se trata de verla con otros ojos, como buscando qué hay más allá, no conformarnos con la fachada sino echar un vistazo a los cimientos, buscar metáforas. O simplemente sentirte el héroe.

Presento, luego existo. Miguel Ángel Guisado. Editorial Gestión 2000. ISBN 978-84-987547-6-6

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Se apagan las luces del fondo, se ilumina el estrado y aparece frente a nosotros Miguel Ángel Guisado. ¿Quién es y qué quiere contarnos? Miguel Ángel Guisado es ingeniero superior industrial y diplomado en Alta Dirección de Empresas, con anterioridad desempeñó cargos directivos en la política y en la...